Corrìa el 17 de enero en la perla, Puerto rico, mi tierra natal donde aprendi a dar mis primeros pasos, donde la vida decidio que naciera y se empeña dia a dia en mostrarme que ese es mi lugar en el mundo.
El calor era agobiante, las palmeras bailaban suavemente al compàs del imperceptible viento. Las nubes estaban escondidas en algùn rincòn del cielo, y el sol con sus rayos se reflejaba como un espejo y le daba una tonalidad dorada a mi piel mulata cual carbòn. Mis trenzas estaban bañadas por el mar màs hermoso de todos , el cual en su horizonte se podian observar las olas descontroladas como mosntruos gigantes que calmaban su rabia al desarmarse contra las rocas oscuras, y chocarse contra los diamantes blancos y brillantes que conformaban cada grano de arena.
Caia el sol sobre la playa, y solo me basto con ver el color anaranjado furioso del cielo para saber que ya era hora de volver a casa. Eran vacaciones, pero pareciera qye solo los turistas podian disfrutar del dia sin mirar el reloj. Nosotros los puertoriqueños debiamos volver a nuestras obligaciones.
Me apure como nunca al ver que se hacia tarde, juntè mis cosas y me puse mi musculosa humeda y sucia que se encontraba verca de la orilla, cuando me decidì por fin a dejar de contemplar el paisaje para preparar la cena para mi familia, dormir unas cortas horas e ir al trabajo.